lunes 14 de octubre de 2013
http://www.lavoz.com.ar/ciudadanos/una-mano-contra-la-marginalidad-extrema-en-rio-cuarto

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Una mano contra la marginalidad extrema en Río Cuarto
Jóvenes que limpian vidrios comenzaron a vender miel. La envasan en un centro comunitario que ellos mismos levantaron con ayuda de donaciones. Allí se les da de comer a 30 niños.
Por Denise Audrito (Corresponsalía)
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Río Cuarto. Jóvenes de Río Cuarto que diariamente limpian vidrios en los semáforos comenzaron a vender miel todos los viernes en la avenida Marcelo T. de Alvear. Se juntan a envasarla a la siesta en un pequeño centro comunitario que ellos mismos levantaron en Banda Norte, junto a sus precarias viviendas, en la avenida Argentina.
Patricia Muñoz, estudiante de Trabajo Social, es el motor de “Los Orillas”. A pura voluntad consiguió, con un par de mujeres del sector, asegurar un plato de comida para más de 30 niños los sábados. La droga acecha a casi todos los chicos del barrio, signados por historias familiares de marginalidad, violencia, abandono y discriminación.
Solamente los más pequeños van a la escuela. De los adolescentes que asisten al centro comunitario, sólo tres cursan el secundario. Apenas un puñado de pibes logra probar otro modo de ganarse la vida: vender miel.
Difícil
“Se vende más o menos, es un poco difícil para mí. Yo llevo seis frascos a ver si las vendo. Si tuviéramos harina también podríamos hacer pan para vender. Yo tengo 16, lo que más me gusta hacer es limpiar vidrios y escuchar a La Mona. Somos 10 hermanos, ¡bah!, ahora vamos a ser 11. Uno solo va al colegio. A mí la escuela no me gusta, sé mi nombre pero aprender a leer ni a palos”, cuenta Alexis.
“Los Orillas” compran la miel a granel con fondos de donaciones. Los chicos se quedan con una parte del dinero de la venta y la restante la aportan para el almuerzo de los sábados.
La pequeña habitación que constituye el centro comunitario fue construida por ellos mismos, principalmente con fondos donados por particulares y por un grupo de docentes de la Universidad Nacional de Río Cuarto (que durante un año se comprometieron a aportar 800 pesos mensuales). Estudiantes de la UNRC también acercaron a brindar clases de a poyo escolar, ajedrez, fútbol y otros talleres. Todos los que llegan admiten que les cuesta captar el interés de los jóvenes del barrio.
“Hay chicos que son muy dóciles, me siguen, ayudan a todos. Pero al otro día me entero de que uno dejó de ir a la escuela porque no tiene zapatillas. Y los padres cobran la asignación universal”, cuenta Muñoz.
Nunca fue al médico
Hay casos de marginalidad extrema, aun en ciudades como esta, de las zonas de mayor riqueza del país. Una muestra: por estos días, Patricia gestiona la posibilidad de que ingrese a una granja-albergue de Río Cuarto un chico del barrio que está por cumplir 14 años, nunca fue al médico, ni al colegio. Tampoco tiene documento.
Es el menor de 13 hermanos, la mayoría de los cuales –todos los varones– están presos. “Pasó toda la vida en la calle, va creciendo, nunca tuvo un acompañamiento, se le recomplica, lo que le gusta mucho es pintar con témperas”, comenta.
Patricia admite que más allá de la pobreza, el problema central de los jóvenes es “la falta total de contención”.
Y apunta: “Por ahí no hay interés de los padres. Los chicos están solos. Tenemos que ir convenciéndolos uno a uno para que vayan a la escuela, trabajar con el tema del horario, la higiene, valores que no tienen inculcados. Ahora, además de la venta de miel, ellos mismos están construyendo el baño del centro comunitario. No es mucho el cambio que hemos logrado, pero algo es”, agrega Patricia, quien apuesta a dar un nuevo paso cada día.
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