jueves 12 de enero de 2017

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La ruta de las abejas, entre mieles y reinas, una salida laboral curiosa y original
Por Luis Eduardo Mass García.
Un curso en la Facultad de Veterinaria de la UBA promueve la apicultura como microemprendimiento o como hobby.
Apiario en Facultad de Veterinaria, UBA
A cielo abierto, en medio de la desesperación, pensé: “¡Que se detengan, por favor, que paren!”, pero no lo hacían. El sonido taladraba mi cráneo crispándome los pelos de la coronilla. ¡Qué impresión! ¿En qué rayos pensaba Einstein cuando dijo que “si las abejas desaparecieran del planeta, al hombre sólo le quedarían cuatro años de vida“?
Quise decirle a Oscar Virgilito que me retiraba del Apiario, pero no pude moverme, mucho menos emitir sonido alguno, tenía la garganta tan seca que parecía forrada de algodón. Cada zumbido era amenazante, punzante, peligroso, afilado, doloroso. De pie frente a la colmena, las abejas eran militares kamikazes, uniformadas de amarillo y negro, capaces de dejar la vida por proteger a su reina. Aguijones.
“Estamos en la segunda cámara y está que revienta”, dice Virgilito, docente de la cátedra de Medicina, Producción y Tecnología de Fauna Acuática y Terrestre de la Facultad de Veterinaria de la UBA. Los alumnos del curso de Apicultura van a tratar de identificar a la reina y a vacunar a los 11 núcleos en contra de las enfermedades más comunes que atacan a las abejas: varroosis y nosemosis. Vestidos con un traje blanco, caretas, botas y guantes, 10 valientes buscan a "la realeza" en medio de zánganos y obreras.
“La finalidad es darles una salida laboral a los participantes; para fomentar el consumo y los microemprendimientos. Con dos o tres colmenas, se alcanza una producción para una familia, durante todo el año. Después se puede ir creciendo y ser miniproductor”, explica entre zumbidos Virgilito. Y aunque algunos estudiantes lo ven como un hobby, la mayoría lo toma como un potencial ingreso extra o, como el caso de Richard Quispe, 63 años, una posibilidad para salir de la desocupación. Quispe reflexiona sobre “el negocio”: “Los precios de los núcleos varían desde 600 pesos hasta 900 pesos. Si vendemos unos 200 núcleos, más la miel, más caramelos de propolio, y la cera... parece un gran negocio, ¿no?”, se pregunta. Lleva tres años desocupado.
El consumo per cápita de miel, según el último informe del Ministerio de Agricultura de la Nación, se aproxima a los 200 gramos por año en Argentina, algo así como una cebolla, o la presentación más pequeña del queso crema Finlandia, no es más que el peso de tres alfajores Capitán del Espacio. Mientras que en países como Japón, Estados Unidos o Alemania, el consumo anual es de un kilogramo por persona.
Dentro del rústico galpón donde los alumnos aprenden las artes del traslarve (para criar abejas reina) y del barnizado de cajones, se encuentran María Victoria Casati, estudiante de Veterinaria, Miriam Rodrigo, profesora de Educación Física, y María Bomczuk, abogada. Pese a que las tres pertenecen a generaciones distintas, comparten un pensamiento común: la idea de sustentabilidad ecológica. “Las abejas son un ejemplo de sociedad perfecta y autosustentable que respeta el medio ambiente, bien podríamos aprender algo de ellas”, dice Casati. “Aquí hemos aprendido desde barnizar la madera de los cajones con parafina, para protegerlos de la lluvia, hasta criar a nuestras propias larvas reinas”, apunta Bomczuk.
Hablan con la misma pasión que Virgilito. El se dedica a los apiarios desde 1980. “Las abejas tienen un respeto total por el trabajo de la otra. Son sociedades muy estrictas con un altísimo respeto por la autoridad (la reina) y sumamente eficientes. Ellas sostienen el cultivo de alimentos mundial”, destaca.
Mucha razón tenía, según la Organización para la Agricultura y la Alimentación de las Naciones Unidas (FAO) hay 100 especies de cultivos que proporcionan el 90% de los alimentos en todo el mundo, y 71 de ellos se polinizan con las abejas, las mismas que colmaban vigorosas el apiario.
“La forma más fácil de distinguir la abeja reina es por su tamaño y por su color –explica con sutileza el profesor- miren como tiene un abdomen mucho más largo”, señala a los alumnos. Oscar muestra a la soberana de la colmena número 11 y una obrera logra colarse por debajo de mi traje. Me pica el talón. Aguijonazo. En un segundo, una punzada de dolor electrizante recorre mi tobillo escocido por el sudor de verano.
El chico que lleva la máquina de humo me cubre. Me aconseja que sostenga el curioso artefacto: visto de cerca parece más una tetera vieja de alguna tía solterona con mal gusto: mustia y de latón. Las abejas se desorientan con el humo y, por aprendizaje ancestral , sólo atacan a los intrusos que llevan colores oscuros en su pelaje o ropa. Por eso los apicultores se visten de blanco o de amarillo, por eso ninguno debería llevar esas estúpidas medias de colores vintage que tanto usan los millennials.
Lleno de una palpitante rabia concentrada en mi pie izquierdo, imagino un mundo sin abejas. Pero tal cosa sería una catástrofe, estaríamos como China, literalmente. Allá, las abejas silvestres han sido erradicadas por el excesivo uso de pesticidas y la falta de un hábitat natural. En la llamada “cultura milenaria” los agricultores se ven forzados a cargar con pesados tarros de polen y pinceles para polinizar individualmente cada flor, utilizando la ayuda de niños para trepar a lo más alto de la copa de los árboles. Sin abejas estaríamos forzados a sobrevivir de cultivos polinizados por el viento: trigo, cebada, maíz. Sin abejas, seríamos chinos.
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