lunes, 12 de junio de 2017

España. Ibiza. Pasión por el mundo de las abejas

lunes 12 de junio de 2017
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Bandera de España

Pasión por el mundo de las abejas

La jubilación de Antonio Roig consiste en mimar sus 18 colmenas

10.06.2017 | 18:20

Las colmenas están ubicadas en un bosque cercano al Port de Sant Miquel 

Con este día tan nublado, vamos a ver cómo están. No les gusta este tiempo, prefieren el sol», advierte Antonio Roig Planells. Así que nos montamos en el coche con él y llegamos hasta las colmenas. Y sí, entre las nubes y mi presencia las abejas se alborotaron más de la cuenta. Nada más acercarme, unas cuantas se enredaron en mi pelo y otra me picó en el pie. Sin embargo, a Antonio no le pasó nada, se nota que le conocen bien. Lleva toda la vida rodeado de abejas y miel. Sus abuelos ya tenían varias colmenas y pasaron la tradición a sus padres, a sus tíos... y de ellos, a él.

De aquella época Antonio conserva algunas colmenas antiguas hechas con troncos huecos de algarrobos, aunque las tiene guardadas, para que no se estropeen. «Ya no las uso porque dan mucho trabajo. Aunque yo, con un poco de cera, hacía una guías transversales para que la abejas fabricaran los panales de forma que fuera un poco más fácil extraer la miel», recuerda mientras dibuja en el cuaderno la vara o guardador con que se extraían los panales.
«Me encanta. De pequeño me gustaba todavía más. Casi no sabía ni caminar y ya les pedía a mis tíos que me llevaran al bosque con ellos», dice. De mayor, cuenta que cuando quería «olvidarse de todo» se iba a ver las abejas «y hacia una fiesta». Es su pasión. Y con un entusiasmo contagioso habla de esta afición que no ha dejado en toda su vida.
«De la apicultura no se puede vivir, a menos que se tengan muchas colmenas» explica quien se ha pasado más de treinta años en el mar llevando pasajeros desde Santa Eulària a Ibiza, Formentera o a donde hiciera falta. Al principio tenía su propia barca en el Port de Sant Miquel, pero un temporal le destrozó su medio de trabajo. «Se enteraron en la empresa que hacía el servicio desde Santa Eulària y me llamaron para que trabajara con ellos» cuenta.

Visitas semanales

Así que una vez jubilado, se dedica a mimar a sus abejas. Una vez por semana, como mínimo, se acerca a verlas. «No abro las colmenas, pero las vigilo y si veo que las abejas no pueden volar... mal asunto». Y es que la varroa, un ácaro parecido a una garrapata, se adhiere al cuerpo de las abejas, les causa heridas y les impide alzar el vuelo. Entonces hay que darse prisa para atajar la plaga antes de que se cebe con toda la colonia.
Pero los mimos no sólo van dirigidos a estos insectos, sino también a sus viviendas. «Mis colmenas vinieron de Alemania», señala con cierto orgullo. «Es importante taparlas para que no entre la lluvia», aconseja. Las colmenas de este apicultor son de madera, de dos pisos, con diez cuadros en cada uno de ellos. Una colmena de este tipo puede albergar en sus celdillas una población de entre 40.000 y 80.000 abejas. Las de Antonio producen en cada cosecha –hay dos o tres al año- unos diez kilos de miel, «que no es mucho, pero tampoco no está mal», opina.
Además de la varroa, la sequía es otro de los males que afectan a este hacendoso insecto. En Eivissa se suelen alimentar de romero, frígola (tomillo), brezo, naranjos, limoneros y flores del bosque. Así que si no llueve en primavera, la floración no es suficiente para favorecer la polinización y, por tanto, darles alimento.
En general, según este apicultor, la miel de Eivissa es muy buena, entre otras razones porque apenas hay contaminación. Asegura que la miel de las islas es muy apreciada, sobre todo por los extranjeros, que se fijan con todo detalle en las etiquetas y en la densidad. «Si es muy líquida, seguramente le hayan añadido azúcar. Así que una miel sólida suele ser garantía de calidad. Incluso el color es distinto. Aquí mismo, hay diferencias entre la miel de invierno –más oscura- y la de verano, un poco más clara», apunta Antonio mientras muestra dos frascos con miel de cada temporada.
Después de tres generaciones, las 18 colmenas de este apicultor del Port de Sant Miquel se quedarán huérfanas. Sus dos hijos tienen otras ocupaciones alejadas de los panales. Antonio recuerda que «a uno de ellos le gustaba venir conmigo a ver las colmenas, pero un día le picaron varias abejas y parece que se ha olvidado del asunto». Así que en un futuro, seguramente muy lejano, las abejas tendrán que buscar alguien que las adopte.

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