El país es el segundo proveedor y el tercer productor mundial, pero vende a granel; los productores piden políticas que alienten al sector y terminen con la alta informalidad
Fuente: LA NACION - Crédito: Ilustración: Alejandro Álvarez
Ni la miel de tamarisco de los valles patagónicos ni la de caraguatá de Entre Ríos. Tampoco la de quebracho de Santiago del Estero, ni la de azahar de limón tucumana. Ninguna de estas se fracciona. No se envasan con etiquetas impactantes que indiquen su origen. No partirán en frascos, embalados en cajas, esas cajas en pallets y los pallets en containers. No cruzarán un océano para ser exhibidas en góndolas japonesas o alemanas -donde los consumidores no se fijan en el precio de los productos orgánicos, exóticos o naturales- bajo un gran cartel que diga "miel argentina". No. Con el oro líquido que producen nuestras colmenas se llenan tambores de 340 kilos, que son los que se utilizan para exportar miel a granel. Grandes fraccionadores americanos, británicos y alemanes la mezclarán con otras mieles de inferior calidad para comercializar un producto estándar y envasado al resto del mundo. Nuestros productores reciben a cambio entre 36 y 38 pesos por kilo.
Con una producción de entre 55.000 y 60.000 toneladas por año, la Argentina es el tercer productor de miel del mundo y el segundo exportador, según datos de la FAO (Organización Agrícola y de Alimentos de las Naciones Unidas). Alrededor del 95% de la producción se exporta, y el 80% de las exportaciones tienen por destino Estados Unidos, Alemania y Japón. Representan solo US$168 millones anuales, pero para las economías regionales del centro del país, que producen el 65%, el impacto de la actividad es significativo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario