La berenjena es un alimento disponible todo el año que nos permite cocinarlo de la manera que más nos guste. El primer paso de esta receta pasa por lavar la berenjena y cortarla al gusto. Puedes hacerlo tipo palitos de patata o en lonchas un poco gruesas. De todas las formas posibles estarán deliciosas.
Las cubrimos con la gaseosa en un recipiente. Ponemos también un chorrito de medio limón para que no pierdan su color. La berenjena es un aliento que se oxida con mucha facilidad, el limón evitará ese proceso químico. De esta manera el plato tendrá un aspecto más armónico y muy apetecible.
Ponemos la sartén al fuego con aceite. El tipo de aceite que utilizamos para freír va en función de tus gustos. En general se suele utilizar aceite de girasol o de soja, porque tienen un sabor menos intenso que no compite con el plato que estamos haciendo. De todas formas, el aceite de oliva para todos sus amantes también es un buen candidato, aunque puede que sea muy intenso para las berenjenas. Sobre gustos, colores.
Escurrimos bien las berenjenas y las pasamos por la harina. Deben quedar bien recubiertas, como si estuviéramos haciendo una tempura tradicional.
Introducimos las berenjenas en el aceite bien caliente y las hacemos hasta que queden crujientes por fuera y tiernas por dentro. La temperatura del aceite es una de las claves principales para el evito de este proceso. Se recomienda que esté a una temperatura de unos 180º, el tiempo de cocción dependerá del tipo de corte que hayas elegido. Cuanto más gruesas sean más tardarán en hacerse.
Sacamos las berenjenas del fuego y las cubrimos con la miel de caña. Es mejor que este paso lo hagas inmediatamente. La miel se adherirá a la berenjena dando lugar a una combinación de sabores exquisita.
Puedes servir esta receta con un buen salmorejo o una sopa de verduras de primero, será una combinación perfecta de sabores.
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