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En el corazón de la colmena
La empresa Apoidea organizó en La Concepción demostraciones prácticas de apicultura a colegios y colectivos
Bajo la atenta mirada de una niña, Miriam Gutiérrez extrae un panal de la colmena y lo muestra en un rincón del jardín botánico de La Concepción. arciniega
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Enfundados en el traje blanco y hermético, hay cierto parecido con los médicos que fueron a por E.T.
ALFONSO VÁZQUEZ Cuenta José Antonio Ruiz a los niños que le rodean, que el secreto que convirtió al neozelandés Edmund Hillary en el primer hombre en escalar el Everest «es que era apicultor y en su mochila llevaba un botecito con miel, así que cuando se sentía cansado, tomaba una cucharada y eso le daba fuerzas».
El secreto está en la miel, que este veterinario cordobés reparte en el desayuno celebrado hace unos días en el jardín botánico de La Concepción para los niños de un colegio de Marbella.
Es el primer acto de una mañana en la que, durante cuatro horas, los niños conocerán cómo es el mundo de las abejas y, vestidos de apicultores, las verán en vivo y en directo. Se trata de una de las actividades de Apoidea, la empresa cordobesa que José Antonio ha montado con la bióloga Miriam Gutiérrez y que ya en su nombre honra a las abejas (Apoidea es el nombre científico de la gran familia de las abejas, que agrupa a 20.000 especies en todo el mundo).
«He trabajado 14 años en proyectos de investigación, igual que Miriam y montamos esta empresa, dedicada en principio a estudios de calidad ambiental usando abejas como bioindicadores», señala. Sin embargo, la crisis ha hecho que esta actividad disminuya y una línea de trabajo complementaria, la educación medioambiental, ha terminado imponiéndose.
«Lo que queremos es hacer entender a la sociedad la importancia de las abejas y tratar de que no tengan tanto miedo por que hay mucho desconocimiento», apunta el veterinario.
Lo cierto es que los enjambres de abejas asesinas de las películas de terror han forjado el mito de la extrema peligrosidad de estos insectos, cuando, como destaca José Antonio Ruiz, la última persona muerta por picadura de abejas falleció hace unos ocho años. «Era una persona mayor que no veía muy bien y se metió en un colmenar». Como resalta el veterinario, «a las abejas hay que tenerles precaución, no miedo».
Y para ello, despliegan todas sus tácticas pedagógicas. Primero con un guiñol en el que se escenifica un cuento sobre un apicultor, la contaminación y las colmenas. Una historia que luego los niños a lo largo del día comprobarán que es cierta. Y tras el desayuno, una pequeña charla en la que se les muestra, de las 20.000 especies de abejas, tres muy representativas: las abejas solitarias, los abejorros y las abejas de la miel. Y una advertencia que no todos tienen en cuenta: «No hay que confundir las avispas con las abejas, las primeras son de color amarillo, sin pelo y carnívoras y las abejas son de color naranja oscuro, con pelo y le gustan los vegetales y las flores», cuenta a los niños.
Pero la prueba de fuego es la visita a una colmena. «No es un colmenar de un apicultor profesional sino una colmena con cinco o seis panalitos y que es tranquila porque la reina no es genéticamente agresiva», informa José Antonio, que detalla que la colmena en cuestión tiene entre 10.000 y 14.000 abejas.
Y para la visita, hace falta ir de etiqueta (de etiqueta apicultora), un modelo que no ha evolucionado mucho en los últimos 20 siglos y que se fundamenta en no dejar un resquicio del cuerpo al alcance de las abejas. En el patio de la casa palacio de La Concepción se despliegan monos blancos de todos los tamaños, acompañados de botas de plástico, guantes y la clásica red para la cabeza, con cuerdas que se atan con firmeza alrededor del cuello, sin olvidar unos protectores para los botas, para impedir que las abejas entren por esa zona.
«Ahora ya sabéis el calor que pasan los apicultores, porque la recogida de la miel la hacen sobre todo en verano», comenta a los niños Miriam Gutiérrez. La bióloga es la única que va de amarillo, el resto de la tropa, de blanco.
Y una última advertencia al periodista, que ante la dificultad de manejar papel y bolígrafo en medio de un enjambre, opta por una pequeña grabadora negra: «A las abejas el color negro les pone más agresivas». La cámara del fotógrafo, por cierto, también es negra como el tizón.
La comitiva avanza por la ruta de la Vuelta al Mundo en 80 Árboles. Enfundados en el traje blanco y hermético, hay cierto parecido con los médicos que fueron a por E.T. el Extraterrestre. En todo caso, los visitantes extranjeros que se cruzan con los aprendices de apicultor se quedan clavados en el camino ante esta inesperada aparición.
Y antes de llegar al objetivo, Miriam Gutiérrez se detiene para avivar las brasas en un ahumador. «Las abejas se comunican por el olor y cuando le echamos humo dentro de su casa se desorientan y están más ocupadas en poner orden en la colmena que en picarnos a nosotros».
En un llano entre olivos aguarda la colmena, una caja amarilla con más de 10.000 abejas. Los niños forman un semicírculo y tras ahumar el entorno, con la ayuda de unas tenazas la monitora va sacando los paneles. Los gritos del público se debaten entre el pánico y el entusiasmo.
Una nube de abejas rodea a los colegiales. Pasado el primer impacto y constatando que las abejas no pueden picar, el ambiente se calma y surge la curiosidad. Los dos únicos puntos del auditorio que parecen atraer a las abejas son la pequeña grabadora y la cámara. Las abejas se lanzan en picado hacia el color negro, como un toro frente al rojo, y rebotan.
«Los más gorditos son los zánganos, los machos, y a las larvitas las tapan en las celdillas y se produce la metamorfosis dentro», explica. Lástima que estos niños no sean contemporáneos de la abeja Maya, habrían entendido la historia al instante.
«Mira el culito», señala un niño al ver cómo nace una abeja. Los rayos de sol transforman el panel en una ventana traslúcida llena de vida, una fábrica organizada capitaneada por la reina, la abeja con el abdomen más alargado y que para que pueda distinguirse bien, tiene señalado su cuerpo con un puntito blanco. Los niños se arremolinan en torno a la reina. Ya no les importa que las abejas zumben a su alrededor. Están felices y van vestidos de apicultores en mitad de La Concepción. No se puede pedir mucho más a la vida
El secreto está en la miel, que este veterinario cordobés reparte en el desayuno celebrado hace unos días en el jardín botánico de La Concepción para los niños de un colegio de Marbella.
Es el primer acto de una mañana en la que, durante cuatro horas, los niños conocerán cómo es el mundo de las abejas y, vestidos de apicultores, las verán en vivo y en directo. Se trata de una de las actividades de Apoidea, la empresa cordobesa que José Antonio ha montado con la bióloga Miriam Gutiérrez y que ya en su nombre honra a las abejas (Apoidea es el nombre científico de la gran familia de las abejas, que agrupa a 20.000 especies en todo el mundo).
«He trabajado 14 años en proyectos de investigación, igual que Miriam y montamos esta empresa, dedicada en principio a estudios de calidad ambiental usando abejas como bioindicadores», señala. Sin embargo, la crisis ha hecho que esta actividad disminuya y una línea de trabajo complementaria, la educación medioambiental, ha terminado imponiéndose.
«Lo que queremos es hacer entender a la sociedad la importancia de las abejas y tratar de que no tengan tanto miedo por que hay mucho desconocimiento», apunta el veterinario.
Lo cierto es que los enjambres de abejas asesinas de las películas de terror han forjado el mito de la extrema peligrosidad de estos insectos, cuando, como destaca José Antonio Ruiz, la última persona muerta por picadura de abejas falleció hace unos ocho años. «Era una persona mayor que no veía muy bien y se metió en un colmenar». Como resalta el veterinario, «a las abejas hay que tenerles precaución, no miedo».
Y para ello, despliegan todas sus tácticas pedagógicas. Primero con un guiñol en el que se escenifica un cuento sobre un apicultor, la contaminación y las colmenas. Una historia que luego los niños a lo largo del día comprobarán que es cierta. Y tras el desayuno, una pequeña charla en la que se les muestra, de las 20.000 especies de abejas, tres muy representativas: las abejas solitarias, los abejorros y las abejas de la miel. Y una advertencia que no todos tienen en cuenta: «No hay que confundir las avispas con las abejas, las primeras son de color amarillo, sin pelo y carnívoras y las abejas son de color naranja oscuro, con pelo y le gustan los vegetales y las flores», cuenta a los niños.
Pero la prueba de fuego es la visita a una colmena. «No es un colmenar de un apicultor profesional sino una colmena con cinco o seis panalitos y que es tranquila porque la reina no es genéticamente agresiva», informa José Antonio, que detalla que la colmena en cuestión tiene entre 10.000 y 14.000 abejas.
Y para la visita, hace falta ir de etiqueta (de etiqueta apicultora), un modelo que no ha evolucionado mucho en los últimos 20 siglos y que se fundamenta en no dejar un resquicio del cuerpo al alcance de las abejas. En el patio de la casa palacio de La Concepción se despliegan monos blancos de todos los tamaños, acompañados de botas de plástico, guantes y la clásica red para la cabeza, con cuerdas que se atan con firmeza alrededor del cuello, sin olvidar unos protectores para los botas, para impedir que las abejas entren por esa zona.
«Ahora ya sabéis el calor que pasan los apicultores, porque la recogida de la miel la hacen sobre todo en verano», comenta a los niños Miriam Gutiérrez. La bióloga es la única que va de amarillo, el resto de la tropa, de blanco.
Y una última advertencia al periodista, que ante la dificultad de manejar papel y bolígrafo en medio de un enjambre, opta por una pequeña grabadora negra: «A las abejas el color negro les pone más agresivas». La cámara del fotógrafo, por cierto, también es negra como el tizón.
La comitiva avanza por la ruta de la Vuelta al Mundo en 80 Árboles. Enfundados en el traje blanco y hermético, hay cierto parecido con los médicos que fueron a por E.T. el Extraterrestre. En todo caso, los visitantes extranjeros que se cruzan con los aprendices de apicultor se quedan clavados en el camino ante esta inesperada aparición.
Y antes de llegar al objetivo, Miriam Gutiérrez se detiene para avivar las brasas en un ahumador. «Las abejas se comunican por el olor y cuando le echamos humo dentro de su casa se desorientan y están más ocupadas en poner orden en la colmena que en picarnos a nosotros».
En un llano entre olivos aguarda la colmena, una caja amarilla con más de 10.000 abejas. Los niños forman un semicírculo y tras ahumar el entorno, con la ayuda de unas tenazas la monitora va sacando los paneles. Los gritos del público se debaten entre el pánico y el entusiasmo.
Una nube de abejas rodea a los colegiales. Pasado el primer impacto y constatando que las abejas no pueden picar, el ambiente se calma y surge la curiosidad. Los dos únicos puntos del auditorio que parecen atraer a las abejas son la pequeña grabadora y la cámara. Las abejas se lanzan en picado hacia el color negro, como un toro frente al rojo, y rebotan.
«Los más gorditos son los zánganos, los machos, y a las larvitas las tapan en las celdillas y se produce la metamorfosis dentro», explica. Lástima que estos niños no sean contemporáneos de la abeja Maya, habrían entendido la historia al instante.
«Mira el culito», señala un niño al ver cómo nace una abeja. Los rayos de sol transforman el panel en una ventana traslúcida llena de vida, una fábrica organizada capitaneada por la reina, la abeja con el abdomen más alargado y que para que pueda distinguirse bien, tiene señalado su cuerpo con un puntito blanco. Los niños se arremolinan en torno a la reina. Ya no les importa que las abejas zumben a su alrededor. Están felices y van vestidos de apicultores en mitad de La Concepción. No se puede pedir mucho más a la vida
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