Martín Castro tenía formación en administración y era titular de una empresa textil propia cuando, en 1998, se ofreció a suplir a un empleado de campo que faltaba en una finca con dos apiarios, en plena cosecha. Se colocó guantes y careta, y trabajó bajo temperaturas que superaban los 40 grados sin haber tenido contacto previo con una colmena. No existían razones evidentes para que continuara: ni la familia, ni el oficio, ni la empresa eran suyos. Sin embargo, regresó. "Me enganché", resume hoy, casi tres décadas después, al frente del negocio de miel que heredó de su suegro....

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